miércoles, 4 de marzo de 2009

Crónica de lo que no le puedo decir


Ni siquiera sé como o por donde empezar. Se supone que soy consciente de lo que me puede suceder si transmito este pensamiento a la persona exacta y equivocada a la vez. Exacta, porque es a el a quien van mis pensamientos, es a el para quien todo esto está articulándose, y pues exacta porque siento que nunca estuve tan segura como de esta gran verdad... (ojo, cuando digo siento, refleja total subjetidad y es así que confirmo la certeza de mi desventura... Sí, desventura) esta gran verdad que me enfrasco en negar y por la que me desvivo para ocultarla. ¿Equivocada por que se equivoca... (si sigo la frase siquiera con una palabra, pero esta la más adecuada e igualmente obvia, sería patética. Lo dejaré´ahí.) ? Puede ser, pero en este caso 'persona equivocada' es un término que utilizo para expresar que si todo este embrollo llegara a su conocimiento, pues sólo contribuiría a su expansión, y de ese modo a la extinción, a nuestra extinción o muerte (si de ella se puede hablar -usando términos suyos-) puesto que de una revelación como aquella o ésta sólo pueden surgir la confusión, la incertidumbre (sí, más), la destrucción, y en el peor de los casos (¿'peor'? Sigo corroborando lo que tanto temo) el alejamiento definitivo, quizá no del cuerpo, sino del alma (término totalmente anticientífico pero en estos casos eso es lo de menos) si es que acaso alguna vez la suya y la mía estuvieron cerca.


Lo quiero. Bueno, eso ya lo sabe. Lo que no sabe es que es un querer que anhela su correspondencia, sabiéndose no querida. Un silencioso deseo de que el se fije en mí, de que se enamore... quizá un día al terminar una sesión caliente, quizá un día a solas (el y yo), quizá una noche de verano con la Luna frente a su lente con mi piel al lado, quizá junto a esas personas que de vez en cuando pasean por mi cabeza, o simplemente un día cualquiera. De pronto siento que tengo más necesidades: respirar, comer, dormir, pensar, pensarle, esperarle, verle, tocarle, mirarle,... Quiero decirle, susurrarle, gritarle... Pero no. La respuesta la tengo de antemano. La sensación también la he experimentado, la tristeza, la verguenza, la magia desvanecida, el sueño no concretable, la impotencia de no querer cambiar un sentimiento o no poder (incluso ser capaz) sembrarlo en un 'alma' y que este crezca del modo que yo lo espero. Quiero que sepa que las noches se sienten más cálidas desde que apareciera en mi vida. Quiero decirle que su piel me desespera, que sus palabras llenan mi memoria. Quiero decirle que la mañana amanece pensando en sus manos y brilla el sol de su piel en mis ojos, que la vida tiene colores nuevos salidos de sus silencios y atraviesan los míos. Quiero que sepa que ando escribiendo estas cosas cursis que me encantan y detesto pero que no recibo y que por ello van rumbo a su extinción.
Lo quiero. Sí.

Lástima y lastima, secreto que he de guardar.