Hay una Luna que nos mira
tan lejana
tan cercana.
De noche
atraviesa la ventana de tu mirada
te ilumina
hasta el rincón más gris
con una luz tenue
pero certera.
Un día salió el Sol
y ella no volvió más,
cautiva de la noche,
esquivando mis ventanas.
Ni el más tentador de mis llantos
la hizo volver.
Presa y espectadora
ante mis insomnios,
pareció olvidarse de nuestro pacto
otrora tan íntimo
como incondicional.
Hasta que la brisa
de un ancho mar
levantó el velo de su sopor.
Oh viajera!
Oh mi honrosa pasajera!
Compañera de mis noches
más y menos preciadas,
cómplice
dulce y tonta
soñadora amada mía,
princesa de mis melancolías,
el norte de mis pasiones...
guardiana de mis silentes canciones.
Ilusa caminante
en mi mundo errante,
taciturna tu luz,
linterna muda en mi oscuro mundo
que una vez conociste azul,
en mis trotantes vacilaciones
en los caminos absurdos
en mis abstracciones.
El más ligero poema,
a tí debido
a tí clamado
y en tí padecido,
volviose hacia mí
solemne y mestizo
con el aroma aún fresco
de las mañanas vividas,
de las noches burladas,
de los caminos raros,
de las velas gastadas.
La noche entonces susurra
los aprendidos rituales,
los sellos a romper,
el encanto, la bruja,
el cordero, la sierpe,
el sueño y el pincel,
la bruma, el reloj,
las gotas de esa lluvia
salpicada de ilusiones
y frustraciones
todas entrando a mi maleta,
ese mi equipaje eterno
nada envidiado
a nadie pedido
y tan
tan mío.
Tan cierto como mi camino,
tan vivo como tu calor,
pesado como mi libertad
y real como tu presencia...
y tu compañía.
El nuevo sendero afín
andando estoy.
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